Dualidad, Polaridad

Hay una gran diferencia entre percibir la realidad como una dualidad o una polaridad: el todo/ nada y el algo/extremos. 

Cuando percibo algo de forma dual, es una cosa o la otra. Por ejemplo: buena o mala. Entonces, lo que es bueno no puede ser malo y viceversa. Traducido a nivel emocional: si estoy alegre no puedo estar triste, si siento rabia no puedo sentir ternura, si algo me inspirara amor no habría lugar para el miedo, por ejemplo. En relación a la infancia, desde esa perspectiva, se magnifican algunas cosas que ocurrieron, especialmente las dolorosas, porque lo cierto es que pasó de todo, tanto de bueno como de malo. 

Pensar de forma dual, en el caso de abusos en la infancia, por ejemplo, puede llevar a que la persona se plantee si quiere a sus padres o no y cuál de los dos era el malo. Sea lo que sea que hicieron los padres, al llegar la vida a través de ellos, existe un agradecimiento natural y aunque en algunos casos, solo se pueda dar gracias por eso, esa visión dual es suficiente para plantear una contradicción interna que genera sufrimiento en el día a día. 

No es solo lo que pasó. Cómo lo viviste y las conclusiones que sacas de la experiencia le otorgan un significado, son la narrativa de la historia que conservas en tu memoria biográfica. 

A la hora de observar un suceso, toda la red de creencias y valores (la moral, la ética, la religión o no religión con la que una persona se identifica, la cultura, la capacidad creativa y la gestión emocional que se hace del suceso en su momento) marca cómo se explica el suceso en sí, generando sobre lo vivido una postura física (lenguaje corporal), emocional y psíquica (actitud), que determinan el lugar que cada uno ocupa dentro del suceso, al igual que le ocurre a cada persona implicada en el acontecimiento. En función del lugar y la postura, la misma experiencia puede sumar o restar en la vida, ensanchar el corazón o cercarlo. 

¿Qué es lo que hace que una postura sea más o menos positiva? 

En mi opinión, sin duda, es la capacidad de amar. El amor que sea capaz de experimentar (entregar y recibir). Cuanto más amor, menos miedo. Cuanto más amor, más grande es el territorio en el que puede manifestarse el gran misterio de la vida, este nos hace sabios acerca de la verdad de las cosas a través del conocimiento que se aprende gracias a las vivencias.  Es más, puedo entregarme a ese gran misterio como estructura que sostiene la vida, aún sin comprenderla. Muchas veces hace falta un acto de fe. Personalmente, en mi camino de “sanación”, a medida que me fui entregando al dolor, logré resultados, y lo que al principio era fe, poco a poco, se convirtió en certeza. Ese experiencia me ayuda a seguir adelante cuando dudo. Lo mejor de poner cuanto más amor sea posible a un suceso, es que esa fuerza permite aumentar la confianza en la vida. Con ello, seguir adelante creando en el presente un futuro mejor, distinto al pasado del que provengo o me ha llevado hasta allí. 

Lo que pasó, pasó y fue como fue, al margen de mi interpretación de los hechos y cómo estos han marcado mi biografía. Lo más importante en el caso de las víctimas es haber sobrevivido a la circunstancia traumática, ese es el gran triunfo. La odisea personal radica en qué hago con lo que ocurrió, es decir, cómo gestiono las consecuencias emocionales que me provocaron el trauma.

Ver la experiencia traumática como barómetro que define extremos, es decir, como polaridad en lugar de dualidad, puede ayudar a abrirse a matices dentro de la narrativa sobre lo ocurrido, poder acogerlo con toda su amplitud. De ese modo, se puede reconocer la seriedad de los acontecimientos con su drama justo, afrontar las consecuencias para recobrar la dignidad como víctima,  dejar la responsabilidad de lo sucedido en manos de los responsables. 

El odio y la rabia o el enfado, suelen ser una formas de seguir vinculado a lo que duele, un modo de anclarse al suceso, de no soltar. Es comprensible, el trauma del que parten esas sensaciones forman parte de la identidad del individuo, y de ahí que sea muy duro arrancarlo de uno mismo, es un mecanismo de supervivencia, por eso suele existir tanta resistencia al dolor. 

Tampoco creo que se deba perdonar propiamente, entiendo que hacerlo es un tanto arrogante. El que perdona parece ser mejor que el que ha de ser perdonado y, al fin y al cabo, equivocarse forma parte de la naturaleza humana. 

¿Encima de que me ha hecho daño tengo que hacer algo bueno por esa persona? Si hablo desde el corazón, reconozco que a mí personalmente, perdonar no me nace. Lo que se rompió en el vínculo para mí es irreparable y el dolor que me causó, irreversible.  Tal vez lo ocurrido pueda fortalecer la relación a largo plazo, pero eso ya va a depender de la responsabilidad que cada persona implicada tome dentro del suceso y el balance que necesite cada uno para sentirse en paz con la situación. No hablo de mantener el rencor al no perdonar, ni mucho menos, hablo de asumir solo mi parte de responsabilidad en el caso de que la haya, comprender que cada persona está en su peli, por así decirlo y seguir adelante, ai no libre de las consecuencias del suceso, al menos, poder hacer algo bueno con ello. Como terapeuta he trabajado mucho en mi misma pero lo cierto es que no lo tengo todo resuelto, tal vez más adelante mi postura ante el perdón cambie, estoy abierta, ahora, de momento, llego hasta aquí.

Crecer siempre es difícil, cada persona tiene sus propias “trampas y tesoros” de los que se vale para seguir adelante en el desarrollo de su vida. 
Gracias a la experiencia como terapeuta, he podido ver que cuanto más trágico ha sido el destino de una persona, más fuerza de vida le deja la experiencia, de modo que mayores pueden llegar a ser sus logros. 

Las personas que de verdad me han ayudado a nivel terapéutico mantienen en común haber podido acompañarme sin posicionarse moralmente, simplemente estar como testigos de mi desarrollo, de mi crecimiento personal. Al mismo tiempo, el hecho de poder amar a mis padres por igual gracias a la perspectiva de la polaridad, me llevó a no tener que elegir, de manera que mi corazón podía estar completo de nuevo. 
Eso también me ayudó a verlos como pareja. Darme cuenta de que gran parte de mi dolor se debió al hecho de meterme en su relación, al criticarles e intentar cambiarles a mi parecer, fue crucial. La paz para mí la encontré en el reconocimiento de las cosas tal y como son, tal y como fueron, tal y como serán, al margen de mis deseos o fantasías.

La relación de pareja de mis padres no era asunto mío, yo solo era la hija, no tenía ningún derecho a sacar un juicio y formular una condena acerca de como vivían su vida. Del mismo modo, ellos no lo tienen para exigirme o reclamarme lo que sea que esperan de mi como persona, solo son mis padres. Mis padres no son la vida, la vida me llegó a través de ellos. Que yo pueda aprender a partir de sus errores es precioso, honra el valor del suceso, sirvió para algo positivo.

Claro que como persona adulta saco conclusiones. ¿Qué hago con ese juicio? Condenarlo es muy distinto a medir las consecuencias en mí y afrontar lo que necesito. Es lógico que me metiera en medio de su relación cuando era una niña, no solo por el enorme sufrimiento que me provocaba ver cómo se hacían daño el uno al otro. Desde mi pensamiento mágico infantil, pensaba que el amor todo lo podía, lo que significa que creía en el amor ciegamente, como creía en los reyes magos o en el ratoncito Pérez.

Para mí, el amor es una fuerza universal que nos vincula. Motor, catalizador y combustible de afecto. Atemporal. La esencia en la que se construyen las relaciones. Fin y medio. El núcleo de las acciones donde se revelan los valores humanos con los que desarrollamos nuestro día a día. No es nuestro, pero sí podemos pertenecerle.