La pareja

En una buena relación de pareja, siempre van a haber cosas que molesten. Cada individuo  tiene diferentes necesidades, ritmos, así como formas de comunicarse. Es muy importante tenerlo en cuenta para que se pueda dar un encuentro amoroso, ya que desde el reconocimiento a todo tal y como es donde las personas logran vincularse con alegría y que a través del tiempo, el vínculo se haga tan fuerte como elástico, convirtiéndose de ese modo en un sentimiento de pertenencia, un apoyo real para el individuo.

Las relaciones de pareja suelen ser las que nos generan más sufrimiento en la vida adulta, independientemente de la forma, el género, la orientación, la clase social, económica, profesión, raza o religión. La mayoría de las personas, le piden demasiado a la pareja, por ejemplo: que le haga feliz, que le complete, que le entienda y apoye en todo, que le escuche siempre que lo necesite, que esté disponible 24/7/365, incluso, ya en plan más loco, hay quien incluso espera que le quede bien con la ropa que lleva en un evento de carácter social. Y no contentos con todo eso, además, se exige que la pareja sea perfecta, que las condiciones de la relación así como los tiempos sean exactos para las necesidades personales. En definitiva, se espera de la pareja que sea ideal y que actúe en consecuencia a esa expectativa; que dicho de otro modo, es lo mismo que decir que se espera que la pareja nos ame incondicionalmente.

Esperar que una persona adulta nos ame de forma incondicional es una postura infantil, ya que la única relación en la que se puede dar de forma genuina natural ese movimiento de amor incondicional es de padres a hijos. Si alguien cree que la pareja le tiene que amar de manera incondicional, nunca va a poder sentirse satisfecho en pareja porque nadie será suficiente para cumplir sus expectativas, solo su madre o su padre pueden amarle de esa forma. Los niños no tienen pareja, ya que en esencia, el sentido más primario biológico de la pareja es engendrar. En las relaciones de carácter homosexual hay ciertas variaciones propias de la naturaleza de esas relaciones, aunque actualmente, gracias a la evolución de la medicina en la reproducción, a lo largo de mi carrera he podido observar que en la mayoría de casos, de fondo, también operan estos mecanismos, y por supuesto generalizar siempre es peligroso. 

Esa manera de entender el amor de la pareja de forma incondicional evidencia un anhelo que viene de la infancia: en el fondo la persona espera que la pareja le de lo que no le dieron sus padres o lo que como si se lo dieron, considera que es un derecho, de ahí la insatisfacción que genera la exigencia . En ese caso, la pareja le va a confrontar una y otra vez con su anhelo y por eso, tener pareja puede llegar a ser una gran fuente de sufrimiento. La buena noticia es que también precisamente gracias a eso, la pareja puede ser una gran fuente de crecimiento, que en mi opinión, depende del valor que uno tenga para reconocerse y responsabilizarse de lo propio, es decir, las ganas de avanzar en su desarrollo personal.

Que una persona espere que alguien le ame de forma incondicional tiene su lógica. En la relación de pareja volvemos a estar tan cerca a nivel emocional de otro ser humano como en su día lo estuvimos de los padres, en especial de la madre.

Lynn Margulis, científica (1938-2011, Chicago), dedicó su vida profesional a investigar el microcosmos de los organismos más pequeños de la Tierra. Su tarea se centró en desmenuzar cómo evolucionan y cómo se relacionan unos con otros. La principal contribución de esta investigadora tuvo que ver con el discurso evolucionista, tema en el que logró enriquecer la célebre teoría de la evolución biológica con sus brillantes descubrimientos sobre el mundo microbiano. Margulis demostró que las células nucleadas o eucariotas –de las que están hechos todos los organismos vivos: los hongos, las plantas, los animales, y numerosos seres unicelulares– no sólo descienden de bacterias, sino que son literalmente amalgamas de células bacterianas diversas. «Todos somos comunidades de microbios. Cada planta y cada animal en la Tierra es hoy producto de la simbiosis», escribía la investigadora.

Lynn Margulis en 2005

Al hablar de simbiosis, inevitablemente debemos poner la mirada en lo que en la psicología moderna es considerado como una relación emocional especial: el apego. Este se relaciona con un intercambio de placer, cuidado, seguridad y confort. Este concepto de apego no habría podido establecerse de no ser por la teoría del Apego de John Bowlby (1979), la cual constituye la investigación más profunda que se ha realizado hasta ahora sobre dicho tema, aunque los orígenes del concepto de apego se remontan a las teorías de Freud sobre el amor. El trabajo de John Bowlby consistió en una investigación más extensa, la cual se encargó de definir de forma más exacta el concepto al referirse al apego como un “conexión psicológica duradera” que se da de forma natural en los seres humanos. La teoría del Apego de Bowlby se basó en los postulados psicoanalíticos al estar de acuerdo en que las primeras experiencias que se dan en la infancia tienen un papel importante en el comportamiento y desarrollo humano posterior.

John Bowlby

Si el bebé no se diferencia de la madre hasta más o menos los tres años de edad, significa que, aún siendo dos cuerpos distintos, se experimenta a si mismo como parte del cuerpo de la madre, es decir, como un solo cuerpo, en una especie de ósmosis vital que tiene por objetivo la supervivencia, uno de los motivos probables por el que los hijos nos confrontan de manera brutal con la propia sombra y pueden llegar a ser auténticos maestros en nuestro crecimiento personal. Las necesidades de un bebe son urgentes, sería maravilloso poder estar siempre disponibles para nuestros hijos. Es un contacto directo con la exigencia de la propia vida, pues los bebes nos necesitan para seguir adelante con su propia vida y de hecho, dentro del reino animal, la cria del ser humano es la que permanece dependiente durante más tiempo hasta que logra subsistir por si misma.  Por eso hay personas que pueden llegar a decirle a su pareja “si me dejas, me muero”, “sin ti no soy nadie” o “Te debo todo lo que soy”, porque todo eso, cuando eres un bebé, es cierto. Fíjate que distinto es decirle a la pareja: “tienes algunas cosas que necesito, que por mi misma, yo sola, no me puedo proporcionar, y aunque podría vivir sin ellas, gracias a ellas, mi vida es mejor a tu lado”. Por ejemplo, es evidente en el abrazo, para abrazarnos, nos necesitamos.

Una relación de pareja que realmente funciona y reconforta, es la de dos adultos capaces de verse, comprender que ninguno de los dos existe para cumplir las expectativas del otro y aún en desacuerdo, respetarse. Cuando los valores y prioridades básicas coinciden, se dice entonces que las personas son afines y es así como se eligen las parejas, y al hacerlo, van construyendo la relación, experimentando una profunda sensación de pertenencia que les hace sentirse amados, como de vuelta “en casa” al ”recordar” a esa relación con los padres.

Dos adultos que mantienen una buena relación de pareja, son capaces de dar y recibir de forma equilibrada, generándose un bien mutuo y por tanto, un bien mayor hacia la relación.  No se critican, al contrario, cuando no se entienden, se enriquecen al escucharse gracias a sus diferencias. Una buena relación de pareja adulta exige comprender que no es la relación en si la que da la felicidad, pero si que se puede ser feliz en pareja gracias a la fuerza que nos brinda el vínculo como seres sociales que somos. 

Joan Garriga, Psicólogo Humanista, Terapeuta Gestalt, introdujo a Bert Hellinger en España. Imparte Formación y talleres en Constelaciones Familiares en toda España y en Latinoamérica. Estudió y colaboró con Claudio Naranjo. Formado en PNL, abordaje Ericksoniano y métodos escénicos y corporales, es a su vez Co-creador del Institut Gestalt de Barcelona y Escritor. En una entrevista para el diario ”La voz de Galicia” , el 31.08.2021, comenta:

” Digamos que en las relaciones hay una danza que nos expande, y nos hace sentir tranquilos y seguros, un poquito libres, y hay otras danzas que nos contraen y que, con mala suerte, son estereotipadas. Hay danzas en las que a uno siempre le toca la postura del fuerte y al otro del débil, uno dirige y otro cede, y en estas todo es previsible. Todos los pasos muy estereotipados corresponden a posiciones infantiles. Si de niño aprendí a ponerme de salvador porque mi madre solía estar depresiva, hay muchas probabilidades de que, de adulto, busque a alguien que tenga una problemática para repetir mi papel. Hay varios modelos (padres, abuelos…) y una larga historia de asuntos pendientes en las familias. Y muchas mujeres enojadas con los hombres.

Todas las parejas tienen diferencias y es un arte solucionarlas sin dañarse. Hay discusiones creativas, pero otras que lastiman. La buena comunicación pasa por la expresión de las vivencias de uno, no por el juicio al otro. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a expresarlo si lo deseas. A lo que no tienes derecho es a condenar a la otra persona. En los jóvenes observo mucho la expresión: «¡Esto no es normal!». Vivimos tan confinados en nuestras pequeñas estructuras mentales que cualquier cosa que se salga de ellas nos parece anormal. Conviene esforzarse en comprender los modelos de otras personas. Como terapeuta he visto de todo y, en definitiva, siempre es lo mismo: cada uno trata de preservar su dignidad, de ser leal a sus orígenes, tiene heridas y defensas en su corazón y buenamente hace lo que puede. Así que no podemos decir qué es normal y qué no lo es. Es difícil manejar la frustración, el miedo y la inseguridad. Y muchas veces en lugar de decir: «Me da miedo que me dejes», uno se pone a controlar el teléfono del otro. El temor a perder el amor lo tiene todo el mundo, pero otra cosa es volverse loco con ello. Hay que aprender comunicación en el ámbito de la pareja. La desconfianza y la montaña rusa en una relación tiene un final infeliz. Ser el centro del mundo para un padre o una madre es, en realidad, un sacrificio para el hijo. La primacía en la familia deben tenerla los adultos. A los niños muy centrales, la vida no les va a confirmar que son tan geniales como sus padres creen. Hay que hacerles sentir seguros, pero no el centro del universo. Ojo, lo que también hacen los hijos es percibir las necesidades de los padres, y satisfacerlas. A veces un hijo se convierte en eficaz o exitoso solo porque así necesitan verlo sus padres.

La media naranja existe como fantasía. Es una idea platónica, la de completarnos con otro que nos hace falta. Pero sería absurdo pretender que existe un alma gemela. Creo que no, pero es cierto que casi todo el mundo sentimos que nos falta algo… Y por otro lado hay una falta de tipo ontológico: la necesidad de vivir más en el ser y menos en las apariencias. Lo de la media naranja… no lo sé. Me parece que vale más la pena ocuparse de vivir plenamente en ti mismo y de relacionarse con otro que vive en sí. Otro no puede ocuparse de lo que a mí falta. Lo digo en El buen amor en la pareja. Tengo una mala noticia: «Nadie te va a hacer feliz». Pero tengo una buena noticia: «Nadie te hará infeliz». No conviene darle a otro el poder de nuestra felicidad.

La idea de la fidelidad en sentido absoluto es algo excesivo, que no corresponde a la propia naturaleza. Hay algo biológico incluso que determina que no te guste solo una persona durante toda la vida. La estadística hoy apunta a tres o cuatro parejas. La fidelidad es una elección, no una predisposición natural duradera. Lo que más veo yo que lastima en la pareja es incumplir un pacto. Lo que no conviene es ser demasiado hipócrita. Y hay muchas cosas que no son habladas, pero son aceptadas. La fidelidad es una elección por amor a otro, sabiendo que en algún momento puede aparecer alguien que te atraiga. Y luego las fronteras y los límites de qué es infidelidad son sutiles. Lo que no se puede es ser tan narcisista para pretender que uno se lleve el deseo absoluto del otro.”

Joan Garriga

No hace falta que una persona adulta tenga todos sus asuntos emocionales resueltos para poder tener una buena relación de pareja, no conozco a nadie que lo tenga todo resuelto, la verdad. La contradicción, el dolor y la vergüenza son aspectos que nos hacer ser muy humanos, que es lo que somos, humanos.  Sin embargo, una buena vía para lograr un buena pareja puede ser hacernos conscientes de las dificultades propias, para podernos sostener cuando algo se complique. Eso incluye lo que arrastramos de relaciones de parejas anteriores, pues es injusto e inútil proyectar en la nueva pareja aquello que nos hicieron las parejas anteriores. De hecho, aunque muchas veces puedan coincidir las dificultades, porque claro, al fin y al cabo, las dificultades no resueltas uno las lleva consigo a todas partes, cabe la posibilidad de que la nueva pareja no tenga resonancia con nuestras dificultades anteriores y proyectarlas, es absurdo, en el fondo una manera de “cargarse” la relación y con ello, perder la oportunidad de hacer algo distinto en la nueva relación de pareja. 

La falta de respeto hacia mi realidad o la del otro, cuando me quejo de cosas del otro y entonces le critico o le quiero cambiar, es una forma de violencia que desgasta una de las cosas más preciadas que el ser humano tiene: el amor a sí mismo y al prójimo. Por eso, a veces, las relaciones de pareja no se pueden volver a recuperar. En la mayoría de los casos, se han faltado al respeto hasta el punto de desgastar por completo el amor y no se puede volver a restablecerse el equilibrio entre dar y recibir que hacia posible la relación. Sin embargo, cuando eso ocurre, mi experiencia como terapeuta me ha demostrado que si que es posible mantener la cordialidad, sobretodo en pro del bienestar de los hijos, en el caso de que los haya y no puedan dejarse de verse por ese motivo. También es importante tener presente que cuando algo que hace la pareja me duele emocionalmente, es mi propia herida la que vibra con lo que el otro ha hecho, dicho o dejado de hacer o de decir, partiendo de la base de nadie tiene intención de herir. Aún así, aunque hubiera intención de herir, hay que tener muy presente que en cualquier caso es mi herida la que resuena, y quiero destacar positivamente la oportunidad que eso representa, por un lado de caras a los límites en los que me siento a gusto en la pareja y por otro, poder liberarnos del pasado que nos lastra emocionalmente, que todavía duele a pesar de que ya pasó.

Todo en la vida en algún momento nos va a suponer un esfuerzo para poder avanzar haciendo algo distinto.  Del mismo modo, puede ser que la molestia indique que las condiciones de la relación necesitan un repaso, al fin y al cabo, una relación no es algo rígido, si no todo lo contrario, se mueve con el movimiento de la propia vida y por tanto, se debe ir ajustando a las necesidades reales de cada momento, que irán variando a lo largo de la vida así como nosotros lo hacemos. Es necesario comprender que cada persona puede sostener hasta donde puede llegar a afrontar, y en todo momento decidir si seguir o no con la relación en pro del bienestar propio y como consecuencia el bienestar común. Cuando no es posible una buena solución o salida para ambos, lo mejor es dejarlo estar y muchas veces, es justo eso lo que hace que las personas puedan seguir creciendo, ya por separado. 

En resumen, una buena relación de pareja adulta nos va a exigir un compromiso, tiempo, una negociación constante, un equilibrio entre el dar y el recibir, un apertura al mundo del otro, que si bien puede ser parecido es distinto,  una conciencia del si mismo dispuesto a revisarse siempre que sea necesario para el bienestar de ambos, una presencia, una confianza, una entrega, cierto sufrimiento y muchas alegrías: la maravilla de vivir una vida adulta plena.

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