El miedo es una emoción básica que forma parte del mecanismo de supervivencia más primario del ser humano. Si no tuviéramos miedo, lo más probable es que nos hubiéramos extinguido como especie hace tiempo. Por ejemplo, imagina que deseas volar y te lanzas desde un rascacielos, lógicamente si no te da un infarto antes, te estrellas contra el suelo y mueres. El miedo físicamente te aconseja no hacerlo, mantenerte con vida.

El miedo, pues, podemos considerar que es una señal que el cuerpo nos envía relacionada con los límites. Los límites se pueden entender de muchas formas, a mí me gusta pensar que pueden ser lugares concretos, desde los que partir o hasta los que llegar. Vivir a partir del límite significa que para lograr tu deseo, siguiendo con el ejemplo anterior, te apuntarías a una escuela de paracaidismo y harías todo lo necesario para vivir esa experiencia con el menor riesgo posible. ¿Para qué? Para poder seguir realizando ese deseo. El miedo te hace tener conciencia del riesgo para que puedas tomar las precauciones necesarias ante la circunstancia que te inquieta. 

Está claro que vivir de por sí tiene un riesgo y que por muchas precauciones que se tomen, los resultados pueden ser inesperados. En la vida, muy a menudo, nos encontramos con circunstancias que no se pueden prever. Así que el miedo nos puede servir de guía. 

En la medida en la que soy aliada de mi miedo y me permito ser creativa, encuentro soluciones que sirven a mi propósito; así que en el fondo, el miedo también tiene que ver con las ganas de vivir: sirve a la vida como medida de protección. 

Parece que está de moda ver al miedo como si fuera malo. Como una de las emociones más básica, considero al miedo como una señal de alarma que avisa corporalmente de un peligro, conecta físicamente con lo externo, trabajando mano a mano por y para la supervivencia. Por ejemplo, tener miedo de hacer el examen de conducir porque no has estudiado lo suficiente, es diferente a no hacer bien el examen aun habiendo estudiado porque tienes miedo. En este caso, lo más probable es que tengas miedo al miedo. ¿Por qué? ¿Alguien te hizo creer que no valías lo suficiente? ¿A qué o quién beneficia que lo hagas mal? Son preguntas que te pueden servir si tienes miedo al miedo. 

Miedo al miedo es como instalar en tu casa solo detectores de humo por si hubiera un incendio. ¿Qué sentido tiene instalar detectores de humo si estos no activan los aspersores en el caso de un incendio? 
El miedo advierte de una situación de peligro que pone en riesgo la integridad personal, sea física, psíquica o ambas. Por ejemplo, existen personas que tienen miedo a contactar íntimamente, gracias a eso, pueden saber el ritmo que son capaces de sostener. No tiene un problema con el contacto, tiene su propio ritmo a la hora de acercarse, el miedo le habla de eso.

A lo largo de mi experiencia como terapeuta, trabajando el miedo, he visto lo importante que es ser capaces de reconocerlo para poder analizarlo como merece, dentro de las situaciones en la que decimos “esto me da miedo”. Qué nos está contando realmente el miedo. Es súper importante distinguir el miedo del pánico, la angustia, la ansiedad, el horror y el terror, que muchas veces se le llama a todo igual y no, no es lo mismo. Aunque es cierto que pueden tener al miedo como emoción básica en su núcleo, como tendencia o punto de partida, no son el miedo en si, sino respuestas racionalizadas a una sensación que si no es miedo se asocia con este.

El pánico: aparece de repente, puede tener un contexto o no. Físicamente se experimenta como una sacudida que afecta en todo el cuerpo. Las personas que lo han sentido hablan de un temblor general, que la temperatura corporal aumenta y una cierta incapacidad de control, sobretodo físico. El más conocido es el pánico escénico, el artista de repente es incapaz de tenerse en pie o proyectar la voz, por ejemplo. En los trabajos que he tenido la oportunidad de llevar a cabo, he visto que en general, está relacionado con las expectativas (propias o de terceros) y las consecuencias que tendrá el resultado, el hecho en sí de llevar a cabo la acción que genera el pánico.

La angustia: “algo” que me preocupa relacionado con el pasado, bien porque tuve una mala experiencia que no quiero que se vuelva a repetir, bien por unas creencia moral/religiosa de las consecuencias que ese “algo” me supone o pueda suponer.

La ansiedad: es un estado de agitación nerviosa, que normalmente se localiza en la boca del estómago y aunque puede ser antesala de un ataque de pánico, la diferencia es que se mantiene en el tiempo, bastante tiempo y la intensidad de la misma es como que se instala, aumenta y disminuye pero mantiene un ruido de fondo, una constante. La persona puede experimentar taquicardia, sudoración, aumento de la temperatura basal, dolor de cabeza punzante (sobretodo en el lóbulo frontal), pero a diferencia del ataque de pánico que puede pasar de 0 a 100 en segundos, la ansiedad se puede sentir de forma constante y está claramente ligado a la capacidad de la mente de proyectarse en el futuro, por tanto, tiene que ver con la incertidumbre del futuro. He observado en terapia que muy a menudo lo sufren personas con tendencia a quererlo controlar todo, incluso “cosas” que no dependen ya no de ellos, ni siquiera de nadie, como pudiera ser el clima, por ejemplo.

El horror: es un estado en el que la amenaza existe de forma real, presente, se experimenta cuando estamos ante una amenaza inminente. Por ejemplo, alguien nos apunta con un arma en la cabeza. En este caso, la gestión emocional y la conciencia física de uno mismo, puede ayudar enormemente, por un lado a sobrellevar la situación e incluso trazar un plan estratégico para salir de ella.

El terror: es muy parecido al horror, sin embargo, se diferencian en que aunque la amenaza existe, no es inminente, ni tiene porque estar presente. Por ejemplo, en un secuestro. He visto que mis captores llevan una arma, pero cuando me traen la comida no me están apuntando ni la veo, pero me amenazan con matarme de un disparo si no como.