Una de las lecciones más valiosas durante mi formación como terapeuta, fue aprender a escuchar, dado que la Gestalt es un tipo de terapia que se aprende haciéndote la terapia, sobretodo en grupo . A lo largo de esos años pude comprender que hay personas que lo han pasado peor que yo, y del mismo modo, personas que sufren por cosas que si bien pueden parecer absurdas, no lo son, pues cada uno lo vive desde su isla. Respetar el sufrimiento ajeno es una forma de validar los matices de la propia historia y de paso, sirve para reconocer que todos los seres humanos sufrimos, cada persona en función de la intensidad de los sucesos traumáticos que marcaron su vida. Por eso me gusta hablar de volúmenes en cuanto a sufrimiento se refiere, porque no importa la gravedad del abuso en sí, sino reconocer que fuiste una víctima, especialmente si te ocurrió cuando solo eras un crío.  Reconocer tu dolor tal como es, es una manera de iniciar el proceso de duelo, necesario para transformar la experiencia traumática en un conocimiento que a la larga pueda ser incluso positivo. 

El duelo es un proceso que requiere tiempo y tiene fases que van y vienen. No existe una fórmula, ni una terapia o una substancia que lo pase por ti. Tampoco vale la pena discutir por qué ocurrió, si es una memoria familiar del inconsciente, hay algún ente superior que lo provoca o el karma de otras vidas, por ejemplo. Mientras sientas esa insatisfacción física dentro de ti, necesitas crear un modelo de acción nuevo y para eso es necesario transitar un duelo. El “bla bla bla” solo alivia momentáneamente. En mi caso y en el de todas las personas que he atendido a lo largo de mi carrera como Psicoterapeuta, ha sido necesario ir a la raíz de la cuestión dolorosa, transitarla (darle el espacio que necesite) e integrarla (hacer el duelo).

Sinceramente, nunca me sentí preparada para adentrarme en mi dolor, es más,  creía que si lo hacía moriría y eso me daba mucho miedo. Cuando logré superar esa barrera y dar el primer paso, parecía que el dolor nunca se acabaría. Sin embargo, a pesar de lo duro que me resultó el proceso en muchos momentos, te aseguro que a día de hoy puedo decir que valió la pena hacerlo.

Que mi experiencia haya podido servir a otras personas para mejorar su vida, me ha resultado muy enriquecedor, siento que le otorga un sentido profundo a mi vida y que estoy haciendo algo bueno con todo lo malo que me pasó. 

Desde la serenidad de mi ser, en paz con el pasado, tranquila en mi presente, me abro a un futuro distinto. Personalmente dejé de cogerme al discurso que nacía de ese dolor como a un clavo ardiendo, ya que lo único que esa narrativa sobre lo ocurrido lo que hacía era impedirme superarlo, mantener el odio, ser una déspota arrogante en el fondo. 

Si estás sufriendo, deja de lamentarte. Actúa. El cambio empieza en ti. Cuando hayas realizado tu odisea personal, podrás sacar tus propias conclusiones y ofrecerlas al mundo, si eso es lo que quieres, claro. Te prometo que como mínimo si no pudieras liberarte de ello, si podrías llevarlo mejor. 


Pitágoras, Sócrates, Nietzsche, Krishnamurti, Freud, Virginia Satir, Picasso, Frida Kahlo, Virginia Woolf, Pina Bausch, Isadora Duncan, Marie Curie, Coco Chanel, Edith Piaf o Leonard Cohen, por citar algunas personas que reconozco como influencias, fueron seres humanos, igual que tú y que yo y todes tienen una historia más o menos trágica. Si tienes algo bueno que ofrecer al mundo, ¿a qué estás esperando? Comenzar a mejorarte a ti mismo es el principio del cambio. 

Volviendo al tema del duelo. Existen muchas teorías que a lo largo de mi experiencia terapéutica me han sido útiles. En este artículo quiero compartir un resumen de lo que me parece más significativo en un proceso de duelo. Se trata de seis fases que me sirven para entender en qué momento del duelo se encuentra alguien, especialmente en situaciones que generan dolor emocional. Los momentos que te voy a describir no tienen por qué seguir el orden que voy a citar, ya que se pueden ir dando una a una, varias a la vez o parecer que una fase se ha pasado y volver a tener una recaída, todo eso forma parte del proceso de transformación. Es necesario comprender que el cuerpo emocional no funciona como el cuerpo físico, sus procesos se dan de un modo atemporal y en diversos planos de desarrollo psíquico.

¿Por qué creo importante entonces ponerle un nombre a cada fase del proceso? Porque identificar el momento predominante es una manera de situar, que ayuda a lograr proporcionarse lo que se necesita de forma urgente, centrarse en lo que más hay para poder construir desde ahí. 

Las fases del duelo a las que me refiero son: 

La negación: No lo puedo creer, lo que ha ocurrido es tan doloroso o vergonzoso que mentalmente me resulta inadmisible. Recomiendo alguna actividad que ayude a descansar la mente. Por ejemplo, algún tipo de meditación, un paseo por la naturaleza o una actividad creativa. 

La rabia: El coraje me nace de lo visceral, no puedo evitar sentirme irascible, la situación me parece indignante, me creo capaz de cualquier cosa por defender mi propia moral o visión del asunto. Recomiendo encontrar el modo de poder dejar salir esa ira tratando de no lastimar nada ni a nadie. ¿Qué tal golpear un saco de boxeo, estrellar un cojín contra la cama, bailar, nadar o salir a correr? Si necesitas romper algo, te propongo hacer tiras de papel o tela si es muy intenso.

La tristeza: Me resulta una situación injusta, me siento apenada, dolida, con ganas de llorar, apática. Necesito espacio para estar sola y en muchos momentos, parece que nunca se va a acabar. Recomiendo descansar tanto como se pueda, dormir, comer lo que más te guste, ir a un Spa…

La comprensión: Siento que ya no lucho, que me he rendido a lo que es tal como es, empiezo a tener pensamientos que encuentran, aunque no lo positivo, sí el aprendizaje que me brinda la experiencia. Recomiendo plasmar esas ideas en algo creativo como pudiera ser cocinar, un dibujo, un poema o un escrito. Olvida la calidad del resultado, lo que cuenta es hacerlo, darle un espacio de una forma creativa a tus conclusiones logrará aliviarte. 

La integración: Estoy en paz con el suceso, sin embargo, me siguen pasando cosas que me recuerdan o se relacionan indirectamente. Puede ser que sueñe con ello. Digamos que estoy acabando de hacer la digestión. En este punto poner en práctica lo aprendido es esencial, especialmente en relación a los límites. Puedo tratar de ser más consciente la próxima vez que diga que sí o  que no para poder ser lo más auténtico posible y en consecuencia sentirme mejor. Recomiendo estar lo más presente posible, ser honesto con uno mismo es clave en este punto, en especial para poder valorar mi responsabilidad dentro del asunto en el caso que la hubiera.

La retirada: Al estar en paz con la situación tal como fue, mi interés va en otra dirección. No confundir con la negación, no es una huida. Parece que pasó hace mucho tiempo, ya lo puedo contar como una anécdota más de mi vida. Puede haber emoción, pero se gestiona sin problema, esta no me secuestra, soy capaz de sostenerla. Reconozco los aspectos positivos y mi responsabilidad en la experiencia en el caso de que la haya, con el respeto justo que merece la historia. He tomado la fuerza de vida que esa experiencia me ha dejado. Recomiendo hacer algo creativo para que tenga un lugar exacto, ¿Y si compartes lo que aprendiste con alguien a quien le pueda ser de utilidad? 

Estas seis fases son escalones por los que he ido transitando durante el proceso de transformación al que me ha llevado hacer el duelo. Hacia dónde me conduzcan dependerá de la dirección en la que me enfoque y las circunstancias que la vida me depara. Es cierto que las circunstancias no siempre las puedo elegir, pero sí soy libre de afrontarlas con la actitud que más me conviene.

Para hacer el proceso de duelo con éxito para mi crecimiento y el desarrollo de mi vida, es importante profundizar en los sucesos traumáticos como si de capas de cebolla se tratase, con ternura y respeto, abrazando todo lo que en su momento reprimí y/o negué, valorando el conocimiento vital que me aportó esa experiencia.

Un duelo no es más que un cambio, algo que había que ya no está ha dejado un hueco para lo nuevo.