Si cuando eras niño fuiste víctima de algún tipo de abuso, dejar la responsabilidad en manos de quien corresponde, es una forma de no victimizarse, recuerda que tú solo eras un niño, no podías hacer nada. Haber sufrido en tu infancia no te da derecho a pegar a tu mujer, machacar a tu marido o peor, pagarla con tus hijos. Si eres como una olla a presión a punto de estallar: ACTÚA. 

Pide ayuda, nadie merece ser maltratado, empezando por ti mismo. Sé que te duele comportarte así, que se te escapa de las manos, que el arrebato te entra de repente, que sin darte cuenta pierdes la cabeza. Puedes empezar por reconocer que no está bien que te comportes así, hacer daño a la gente que amas es devastador para ellos y tu corazón. Estás destruyendo lo más precioso que tienes. Precisamente porque no lo puedes controlar, pide ayuda. La arrogancia solo empeora las cosas. La humildad no solo tiene que ver con reconocer los errores, también los logros, que irán llegando con el tiempo, te lo prometo.

¿Te da vergüenza? 

Mucho mejor, porque lo que estás haciendo realmente es vergonzoso. Reacciona. Deja de pensar solo en ti o en el qué dirán, eso es lo de menos. Lo más importante es lo que piensas tú en relación al dolor que estás causando a tu alrededor. Todo lo que sufriste cuando eras un crío esconde una grandeza, deja de sentir pena por el niño que fuiste. No te ayudas. Al contrario, a medida que encarnes lo que te hicieron, será peor, mucho peor, aunque infrinjas menos daño del que te hicieron a ti. 

Siempre es un buen momento para salir de ahí. 

¿Cuándo? AHORA. 

Déjate de excusas. Lo que hace falta aquí es que le eches un par de ovarios o de huevos, lo que te quede más a mano. Hazle comprender a tu niño interior herido que todo aquello ya pasó y que ahora tú te ocupas, que contigo siempre estuvo a salvo, que nunca más se va a sentir solo, que nunca le abandonarás. Piensa que tu niño interior hace referencia a tu inocencia, al dejarte sorprender, al maravillarte con las cosas, a la alegría de vivir, a la capacidad de jugar. 

¿Por qué me refiero a esa parte de una persona como si fuera otra? El crecimiento emocional en relación a lo que causó el trauma se detuvo ahí. Verlo como otra parte brinda perspectiva. 


La historia del elefante atado a una pequeña estaca sirve para comprender lo que ocurre. Cuando el elefante era pequeño, intentó tantas veces soltarse de la estaca sin llegar a conseguirlo, que acabó por pensar que esa es la realidad, que no puede. Y ahora, aunque su tamaño de elefante adulto es exageradamente superior a la estaca que lo mantiene preso, ya no intenta soltarse, cree que no puede.

Imagina una situación que te conecta con tu historia infantil y te genera dolor. Respira. No es necesario que te metas del todo en ese dolor, seguro que hay mucho, solo rózalo un momento. ¿Cuantos años tienes al gestionar esa situación? Ahí tienes la respuesta. 

Un buen ejercicio para recobrar al niño interior herido, puede ser escribirle una carta y pedirle a alguien de confianza que te la envíe dentro de un tiempo, sin que te lo esperes. El día que recibas la carta, léela en voz alta, escuchando tu canción favorita. Si tienes varias, elige una. Siempre que lo necesites podrás volver a esa sensación escuchando la canción que tanto te gusta.

 Al escribir la carta, explícale a esa parte de ti que, después de todo, has logrado salir adelante, que no vas a permitir que nadie vuelva a abusar de tu confianza, tu inocencia o tu ternura, menos de tu alegría y ganas de vivir. Cuéntale lo importante que siempre fue para ti, que tus ganas de jugar y de descubrir el mundo son gracias a él. Que necesitas sanar sus heridas para seguir adelante con tu vida. Que vas a tomar su mano y que nunca más se volverá a sentir desamparado, porque tú, que ya eres adulto, no la vas a soltar. Y también recuérdale que, por mucho que patalee, se enfade y monte escenas, lo que espera que le den nunca se lo van a dar. Fue como fue. Asúmelo: No te lo dieron. Es muy duro, sí.

¿Por qué te hago esta propuesta? Porque la estrategia más común en infancias con abusos de cualquier tipo, es hacerse invisibles. Por mucho que te empeñes en no escuchar a tu corazón, este sigue bombeando mientras estés vivo, imparable, con la contundencia de un rayo. Es precisamente ahí donde habita el niño herido que fuiste, y cuanto más pequeño, más indefenso estaba, y por tanto, más te necesita. 

Si ya has traspasado el umbral, y por ejemplo, le has pegado a tu mujer, machacado a tu marido o cebado con tus hijos: DETENTE. 

El primer paso es reconocer que la estás cagando para poder asumirlo. Siente todo ese dolor, no solo el tuyo, también el que estás causando a tu alrededor. Piensa qué necesitas y actúa. Mantén la calma, si quieres, te puedes controlar en lugar de que esa ira se apodere de ti. No se trata de ver quién es el malo, sino de ponerte a salvo, salir de esa dinámica dañina cuanto antes y dejar de generar más sufrimiento. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? ¿Qué pasará la próxima vez que explotes? Reconoce que no eres capaz de controlarte, es el primer paso para poder cambiarlo. 

Créeme, no hay nada erróneo en ti, simplemente tienes mucho trabajo que hacer con tu persona, con el dolor que sientes y el control de los límites. Sé que también sufres, hazlo a tu ritmo. Si tienes algún tipo de trastorno psíquico, emocional o diversidad funcional, no te preocupes, cada persona lucha desde su isla, no te compares con nadie. Tú eres tú y punto. 

Si no te motiva hacerlo por ti o el niño que fuiste, hazlo por tus hijos, o por los niños pequeños de tu familia. Si no los hay y no te convence mi discurso, que sepas que yo creo en ti, en tus posibilidades. Estoy convencida de que todos los seres que vivimos en este planeta somos importantes y podemos aportar cosas buenas a los demás, tú no vas a ser menos. 

Y, por favor, no alegues que te sacan de quicio o que la situación te supera, ese rollo no te va a servir conmigo, basta de excusas de una vez por todas. BASTA YA!!! Se trata de crecer, de aprender a manejarte en esa situación: de madurar. 

Ahora te toca a ti hacer algo, ya eres una persona adulta, la única responsable de tus actos. Da igual lo que te pasó. Piénsalo y verás que tengo razón. Si necesitas medicarte, debes entender que las drogas son una ayuda de la que no puedes depender toda tu vida. Ten en cuenta que a parte del precio que paga el hígado, los riñones, los dientes o el estómago, llegará un momento en el que tendrás que soltar esas sustancias que te sirven de muletas para caminar por tu propio pie, si quieres liberarte de verdad. 
Bien es sabido que la mayoría de medicamentos generan adicción y solo actúan como una tirita, como un dique de contención. No estoy en contra las drogas ya que, legales o no, en ciertos momentos pueden ser útiles. Pero no te dejes engañar, lo más probable es que la medicación solo fortalezca las barreras que te impiden contactar con la experiencia en sí. 

Eso es muy distinto a tomar una medicación que sirve para mantener niveles de normalidad en tu organismo. En el fondo, lo hagas como lo hagas, siempre eres tú con la fuerza de tu propia voluntad y la valentía con la que te adentras en el trauma para lograr repararlo. 
Haz lo que tengas que hacer, lo que sea necesario. Deja de compadecerte, solo empeora las cosas. ACTÚA, deja de hacer daño a los demás.

Se requiere mucho valor para afrontar una nueva vida. 

A veces, se prefiere seguir en el problema a probar la solución para evitar el vacío que supone el cambio. ¿Por qué digo probar la solución? Porque el futuro es incierto para todos los seres por igual; se pueden hacer cálculos, probabilidades, previsiones, pero nada garantiza el éxito. Pero ten en cuenta que a parte del resultado y hacia dónde te lleve dejar salir todo ese dolor, el alivio que sentirás al ir soltando lo que reprimiste, bloqueaste o negaste, y dejar que otras personas vean tu fragilidad, te hará ganar fuerza, por eso propongo buscar ayuda. En mi caso y en el de muchas personas a las que he atendido, ha funcionado.

¿Qué tipo de ayuda? Con la que te sientas mejor o menos peor. No hace falta que sea un grupo de terapia, ni irse a algún sitio o que te cueste no sé cuanto dinero. Eso sí, cada vez estoy más convencida de que es importante que sea acompañado, por la fuerza que nos brinda la presencia del otro ser humano como testigo, que sirve tanto de apoyo como de guía, ya que uno mismo, por sí solo, no puede ver sus puntos ciegos. 

Es como si estás aparcando y el copiloto sale del vehículo a decirte lo que ve desde fuera. Claro que puedes poner el freno de mano, salir, mirar e ir probando. Es una cuestión de economía del tiempo y el esfuerzo. Si otras personas ya lo han logrado, ¿por qué no aprovechar ese conocimiento para tu propio aprendizaje en lugar que tener que descubrirlo todo por ti mismo? Es posible que lo que ha resultado útil a otras personas no lo sea para ti, pero al menos, tienes algo por dónde empezar y desde ahí, crear tu propio camino. 

¿Por qué considero que es importante dejarse ver, exponerse? Primero, para poder trabajar la confianza en ti mismo gracias al apoyo del otro o del grupo, no sentirte solo, y con el tiempo, lograr vincularte con éxito a lo que te ocurrió, es decir, poder hacer algo bueno con ello.