Cuando nos referimos a la voz, en el imaginario colectivo, lo hacemos en un sentido muy amplio, no solo al aspecto sonoro del aparato fonador, su fisiología o anatomía. La voz se asocia a la expresión, a la postura, a la ideología, incluso a la generación a la que se pertenece, por tanto, la voz confiere un signo de identidad profunda. Nos diferenciamos por la voz, nos reconocemos gracias a ella.

Manifestar la voz propia es super importante en el desarrollo de la madurez de una persona, de su dignidad y estabilidad emocional. Por eso usamos expresiones del tipo “tengo un nudo en la garganta” cuando algo que queremos decir no nos sale por los motivos que sea, por ejemplo. La voz reafirma las inquietudes que tiene una persona y los valores desde los que las manifiesta.

Por eso es necesario aprender a comunicar, porque la voz es en esencia un canal que nos vincula de manera directa con el mundo, con nuestro entorno, lo cultural y el momento histórico en el que vivimos, independientemente del idioma que usemos.

Me refiero entonces a la voz en un sentido muy amplio de la comunicación humana, no solo a hablar o cantar, también a lo que ocurre de forma no verbal, en el cuerpo, la mente y la psique tanto individual como colectiva.

Cuando hablamos en público nos exponemos de una forma distinta a cuando lo hacemos de forma escrita o telemática. Al involucrar la presencia física, es normal que tengamos miedo a exponernos, en especial si es un tema que nos apasiona y tenemos poca experiencia a hacerlo. El cuerpo nos recuerda que nos importa de verdad que nuestras ideas sean reconocidas, y no se trata tanto de si están de acuerdo con nuestro punto de vista, como con el hecho de sentirnos valorados, pues en el fondo, todas las personas deseamos ser amadas como instinto primario.

Ser amada significa que mínimo me tienen en cuenta y ese hecho, si nos vamos a cuando los seres humanos vivíamos en cuevas, ser querido por la manada hacía que nuestra vida siguiera adelante gracias al alimento y el abrigo que nos proporcionaba la pertenencia al grupo.

Mucha gente reconoce una cierta «incapacidad» a la hora de hablar en público. El pánico escénico, la vergüenza y el miedo suelen ser los denominadores comunes. Es cierto que otras personas que parecen tener una especie de don para expresarse en público, pero eso no quita que puedan sentir temor igualmente. Pienso que lo que ocurre es que el deseo de comunicar es más grande que el miedo o la vergüenza que puedan sentir y por eso logran hacerlo con éxito. Por supuesto la preparación y el entrenamiento son importantes, y cuantas más veces uno lo hace, mejor le va saliendo, pero no conozco a nadie que no sienta cierto reparo cuando se expone ante los demás.

Hay una seriedad implícita a la hora de querer hacernos entender, eso es seguro. De ahí la importancia de revisar como lo hacemos, de qué herramientas disponemos y sobretodo, ¿lo que quiero comunicar se entiende? En este punto, tomar clases de coach de voz es muy recomendable, no solo para aprender a dominar el aparato fonador y como cuidarla como un miembro de tu cuerpo más, también para usarla de una forma tan alineada con nuestras necesidades que al comunicarnos podamos sentir que lo que queremos expresar, es lo que llega. Añadir en este punto, que como coach de voz, creo que es normal y nos hace profundamente humanos sentirnos inseguros en cualquier momento de la vida al expresarnos en público, en especial si al hacerlo se manifiestan nuestros sentimientos.

La voz revela nuestra identidad, como nos sentimos y desde donde lo pensamos, nos hace transparentes y por tanto, vulnerables. Es una de las herramientas de comunicación más potente porque todos los seres humanos tenemos voz, incluidas las personas mudas. E insisto, somos seres sociales que en mayor o menor medida necesitamos de nuestros congéneres para desarrollarnos con plenitud, por muy independientes o individualistas que seamos, al fin y al cabo, nadie nace solo.