Una mañana, cuando tenía once años,  quiso irse sola al colegio para ser puntual, se acabó llevando una paliza, insistir ponía de muy mal humor a su padre. Llegó tarde y la castigaron sin salir al patio a la hora del recreo. Rompió en llanto mientras veía a los otros niños como jugaban en el patío, por lo injusta que le parecía la situación. Le contó la historia al profesor de guardia. Le pidió ayuda. Le costó mucho, hasta aquel momento nunca le había explicado a nadie la situación de disfuncionalidad familiar en la que estaba creciendo. El profesor le dijo que seguro que estaba exagerando. Se sintió fatal, más sola que nunca, así se hizo fuerte la desconfianza hacia las personas adultas.

Esa fue una de las barreras que más le costó franquear durante la terapia, la que le impedía establecer un vínculo con el terapeuta, tan necesario para el éxito de la terapia en sí. 


Es bastante lógico que las personas que en la infancia han sufrido abusos y/o crecieron en un ambiente familiar hostil, de adultos, sigan reproduciendo esos patrones de conducta donde el mundo se percibe como un entorno igualmente adverso, al fin y al cabo, es como crecieron, lo que aprendieron que era el mundo.

Esas heridas generan una contradicción interna muy grande: agradecimiento hacia los padres por haber recibido la vida a través de esa relación y la ira que genera el hecho de que sistemáticamente pongan tu vida en peligro, basta con haberlo percibido así.  Por eso se dan tantos casos de personas adultas que se encuentran en relaciones abusivas habiendo sido víctimas en su infancia, especialmente si el abuso fue por parte de los padres. En el fondo, la relación de maltrato que tienen ahora que son adultos, es una representación de la contradicción interna que sufrieron cuando eran pequeños, lo que hace sospechar que emocionalmente no han crecido; era tan doloroso que no pudieron, solo eran niños y hasta el momento no han tenido más recursos, simplemente han ido avanzando en la vida sobre ese dolor, haciendo lo que han podido. 

Dependiendo de cómo gestione la ira y, con ella, la rabia y la tristeza, tomaré decisiones que en gran parte conformará mi circunstancia emocional y sus consecuencias. 

Cuando una persona adulta sufre una injusticia por parte de otro adulto, tiene la posibilidad y al mismo tiempo la responsabilidad, de no volver a consentir el abuso. Si la persona adulta, aunque no quiere que le pase eso, lo permite al quedarse en la relación. Con el tiempo, se convierte en cómplice de su agresor y por tanto, acaba siendo víctima también de sí mismo. El sentimiento de culpa por haberlo consentido hace que sea aún más difícil salir de esa dinámica. 
Reconocer eso da mucha fuerza. Admitir mis errores dentro de la relación, me ayuda a recobrar la dignidad completamente y ese camino, el de la humildad, sirve para cicatrizar las heridas y crear modelos de relación más satisfactorios.

Una relación afectiva nos debería hacer sentir más libres a través del apoyo, el cariño y la seguridad emocional, indicadores de una relación sana. El vínculo, si bien habita en mí, necesita del otro para crecer fuerte. Cuando nos sentimos insatisfechos, atrapados en una relación, cuesta salir porque físicamente, en los periodos buenos, el cuerpo genera sustancias químicas: endorfinas, serotonina y dopamina. Nos volvemos adictos a la relación físicamente, yonkis de las circunstancias emocionales, necesitando a la otra persona como una droga. Basta con armarse de valor para “pasar el mono”, reconocerlo y superarlo.

Estoy segura de que en lo más profundo del amor que habita en todas las familias, sus miembros comprenden que es necesario evolucionar como sistema familiar para crear vínculos que aporten nuevas experiencias, que estas, amplíen horizontes de conocimiento y poder vivir relaciones más satisfactorias. Que las generaciones venideras puedan aprender de los errores de sus antepasados. En definitiva, dejar de repetir patrones que no funcionan en pro de una vida mejor. 

En mi caso, el precio que pago es no tener contacto con algunos familiares. Este hecho, al principio de considerar que era lo que necesitaba, me inquietaba mucho. No solo era un sentimiento de culpa por no hacer lo que la sociedad espera que haga aunque hiciera lo que yo creía bueno para mí, el temor a ser excluida del clan tiene un fundamento químico en el cerebro. Proviene de la época en la que los seres humanos vivíamos en cavernas: si te alejabas de la manada, morías. Es importante tener en cuenta ese temor, ya que es una dificultad que se suele encontrar de forma común para dar el primer paso, especialmente si en la familia sigue existiendo la estructura disfuncional y sus miembros vinculados a través de los traumas.

Personalmente, puedo decir que estoy en paz con la situación tal como fue y es. El lugar que ocupan en mi corazón les pertenece y, aunque reconozco que no es mi ideal de relación, estoy mejor así.